viernes, 9 de octubre de 2015

GETT: EL DIVORCIO DE VIVIANE AMSALEM (2014), DE RONIK Y SHLOMI ELKABETZ. CINCO HOMBRES SIN PIEDAD.

A las religiones les encanta hurgar en la intimidad de sus adeptos y denunciar los comportamientos impíos de quienes no pertenecen a su seno. Es su naturaleza. Últimamente nos llegan toda clase de informaciones acerca de las barbaridades que realiza el autodenominado Estado Islámico con la gente que tiene la desgracia de ser conquistada por sus hordas guerreras. Viendo esto, se nos olvida que también hay otras religiones y otros abusos más sutiles, que, por cotidianos, no salen en las noticias. En Israel, por ejemplo, no existe el matrimonio civil. Quien quiera casarse de esa manera, tendrá que acudir al extranjero. Hacerlo en Israel supone someterse a la ley rabínica, un intrincado conjunto de normas que, a la hora de pedir el divorcio, puede suponer un procedimiento absolutamente kafkiano.

Viviane Amsalem se casó a los quince años con un hombre fiel seguidor del judaísmo. Su historia puede seguirse en dos películas anteriores de los mismos realizadores, pero no existe ningún problema para visionar Gett como una historia independiente. Transcurriendo casi en su totalidad en una sencilla - y casi opresiva - sala de tribunal, la película abarca varios años de procedimiento, ya que a la petición de divorcio de Viviane se opone su marido. Los miembros del Tribunal van a aprovechar para indagar en la intimidad del matrimonio, hurgar en sus heridas y ser tolerantes con las abundantes incomparecencias del marido, que hace todo lo posible por dilatar el proceso. Se trata de tres hombres que quieren representar la decencia y la dignidad de la religión, piadosos sin piedad para los que el sufrimiento de una mujer, cuya vida se encuentra en un callejón sin salida, no es relevante a la hora de adoptar una decisión. Lo único que importa es la voluntad del marido, al que se le puede presionar para que acepte el divorcio, pero no se le puede obligar. Como si Viviane fuera una propiedad de la que puede disponer a su antojo.

Así se pronunciaban los directores en una entrevista concedida a la agencia Efe:

"La existencia de esta ley es absurda, no solo por ser una ley anacrónica, sino porque es una norma religiosa que se aplica a todo el mundo, sea la persona religiosa o no. Es increíble que en 2014, en una supuesta sociedad democrática, una mujer pueda ser considerada propiedad de su marido. Es absurda la determinación de los jueces rabinos de alargar los debates y desquiciar a la demandante para que abandone, renuncie a su voluntad y así salvar otro hogar judío del desastre"

"Es mi destino y yo soy el suyo. Nunca nos separaremos", pronuncia el marido como único argumento. El matrimonio se dedica de vez en cuando miradas elocuentes desde el parapeto de sus respectivos abogados. Las de él son serenas, propias de quien está convencido de estar defendiendo un vínculo sagrado. Las de ella son de desesperación, de hartazgo, las de una prisionera de una ley absurda, diseñada para esclavizar a las mujeres. Su situación recuerda a la de España en el franquismo, con esa ley civil que sometía a la mujer al marido hasta el punto de que ni siquiera podía abrir una cuenta corriente sin su permiso. Las religiones mayoritarias coinciden en este punto: la esposa debe ser sumisa y someterse en todo a los deseos del marido. Y si toda la sociedad conspira en este sentido, al final la mujer se sentirá culpable de tener sus propias ideas. Que en un país supuestamente moderno como Israel la religión siga teniendo este poder sobre la intimidad de buena parte de sus ciudadanos, no deja de ser escandaloso. El buen cine judicial no tiene por qué estar siempre dedicado al crimen. Un buen proceso civil-religioso puede ser incluso más interesante.

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