martes, 8 de septiembre de 2015

FRACTURA (2015), DE MARÍA TORVISCO. DEL ETERNO RETORNO.


Qué extrañeza produce a veces reflexionar acerca de nuestra posición en el mundo, de las infinitas decisiones que son posibles en cada uno de los instantes de nuestra vida y a la vez, de las limitaciones que nos imponen las circunstancias de lugar y tiempo en las que existimos. La memoria puede hacernos evocar escenas del pasado, pero esos recuerdos casi siempre son ilusorios, adornados por el paso del tiempo, porque ya no somos los mismos que los protagonizaron. Pero es cierto que dichos recuerdos constituyen nuestra identidad y deben ser evocados para poder interpretar nuestra biografía. Pero ¿es posible controlar ese tiempo que parece que se nos deshace entre los dedos día tras día?


Lugar

no fue posible demorar, corrí
hasta el lugar exacto de la vida.

De uno en uno son frágiles,
me refiero a los días.


Entonces la eternidad y el instante se confunden como parte de una misma realidad metafísica, llegando a poder ser controladas por el ser viviente, que por el mero hecho de existir ya forma parte integrante del tiempo y a la vez rompe con el concepto tradicional del mismo como una línea continua:


Aquel día era de día

filamento de luz
que arrancas el tiempo acumulado en las nueces
y haces saltar la memoria por los aires,
¡no ves que es imposible que se quiebren mis ojos!

Esta eternidad no es más que agua, ¡dios!

Seguiré mirando y mis párpados serán
quienes marquen las horas.


Por supuesto, en esta ruptura y confusión, en este juego eterno de engaños a lo temporal, también participa el futuro, del que también podemos extraer recuerdos:


Eligió la falsa apariencia de las cosas
el futuro - filosóficamente hablando - 
y decidió contarse cuentos
que le permitieran construir
nuevos recuerdos.


Hay también en este extraordinario poemario de María Torvisco momentos para la evocación y homenaje para una película tan evocadora de la condición humana como Blade Runner:


Saxo

aquel metal cóncavo ahuyentaba
las luces del tiempo horizontal.
No nos tiembla la puerta abatida
sino el recuerdo diario
de que somos humanos
y eso nos impide
soñar con unicornios eléctricos.


Pero todos estos descubrimientos, precisamente por no poder ser controlados ni entendidos en toda su magnitud, no llevan al sosiego, sino a un permanente estado del temor que se deriva del absurdo:


El miedo

atmósfera inquietante atenazada
por signos turbadores.

Las oleadas en nuestros días
orientan nuestros ojos, los humanos
soportamos absurdamente el horizonte.

Nadie sabe con exactitud
disolver la relación generosa
con la existencia que genera la vida.

El miedo transformado en ciega cotidianidad. 


María Torvisco, que define su escritura como un acto de rebeldía, entrega un libro inquietante y profundo, dedicado a explorar nuestro mundo cotidiano más íntimo, el más auténtico, el que define nuestra existencia, que es la vez el más inexplicable. Esa estructura circular con la que queremos ordenar el tiempo, nuestro devenir, volver a lo cotidiano y tratar de prever el futuro. Una frágil muralla de orden contra la tormenta perfecta del caos. Vivamos y sigamos mirando el mundo con el mismo asombro que los primeros días.

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