domingo, 23 de agosto de 2015

CHINATOWN (1974), DE ROMAN POLANSKI. URBANISMO LÍQUIDO.

En los años treinta Los Ángeles era una de las urbes más pujantes y de mayor crecimiento de Estados Unidos. La industria del cine llevaba ya años asentada allí y el dinamismo de la ciudad llamaba a asentarse a ella a gente de todos los rincones del país e inmigrantes extranjeros. Pero Los Ángeles tenía un gran problema: la gestión del agua y como ésta iba a repercutir en el futuro crecimiento de la ciudad. En Chinatown, una película de cine negro que intenta además retratar un momento histórico, el detective protagonista, Jake Gittes (Jack Nicholson), va a conocer, muy a su pesar, como funciona realmente la política, como la corrupción puede impregnarlo todo, hasta escalas impensables. Es decir, que quien controla la empresa municipal de aguas, desde su privatización, tiene la sartén por el mango respecto al destino del resto de la ciudadanía. Y puede jugar con embalses, canales y esclusas para forzar una decisión municipal que, por supuesto, le hará ganar cuantiosos millones. Y este encantador empresario-mafioso no es otro que John Huston, maravilloso en su faceta de actor y del que echamos en falta que su presencia en pantalla no sea mayor.

Chinatown habla de Los Ángeles como ejemplo de cómo el destino de las ciudades a veces depende del capricho de unos pocos hombres ambiciosos. Si en esos años se estaba decidiendo ya que iba a ser una ciudad eminentemente automovilística, hasta el punto de que tener coche iba a ser una condición necesaria para habitar en ella, por lo que su transporte público fue prácticamente fulminado. Los sueños de Los Ángeles se construyeron a la medida de las industrias del automóvil y del petróleo. Y su urbanismo tuvo que ver con los intereses de los dueños del agua, que desviaron su curso hacia la zona en la que habían comprado terrrenos a precios irrisorios, aunque tuvieran que dejar algunos cadáveres por el camino. El detective Gittes es un hombre duro pero honesto y pronto se va a dar cuenta de que el asunto al que le han arrastrado las circunstancias sobrepasa con mucho sus capacidades. No obstante investigará con fervor y casi perderá la nariz (y la vida) en el proceso.

El rodaje de Chinatown, como el de tantas películas míticas, no fue fácil. Desde el primer instante no hubo entendimiento entre el director Roman Polanski y Robert Towne, el guionista. Para el director polaco el libreto era muy confuso y necesitaba reescribirse. Así se hizo varias veces y el famoso final, tan oscuro, fue una imposición (acertada, creo yo), de Polanski. Por otro lado estaba Robert Evans, uno de los productores con más olfato de la historia de Hollywood que apostó desde el principio por el proyecto y trabajó para que saliera adelante: la película fue un gran éxito y cimentó la carrera de Jack Nicholson que se convirtió - y sigue siéndolo en el presente - en uno de los actores con más poder de la industria. 

Chinatown es cine negro, pero a la vez uno como espectador no puede dejar de ver asomarse la realidad de Estados Unidos de los setenta en esta historia. Y no solo por su estética. En un momento en el que la credibilidad de los políticos se estaba desmoronando (Vietnam, Watergage, crisis económica...), recordar cuáles fueron las auténticas bases de la formación de los modernos Estado Unidos podían llevar a cierta comprensión, a cierto análisis sereno de cómo corrrupción y poder suelen ir indisolublemente unidos, aunque en algunas épocas esto se pueda enmascarar mejor que en otras como algo beneficioso para el pueblo. En los setenta el cine se atrevió por fin a mostrar la otra cara del sueño americano, sin disimulos.

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