miércoles, 22 de julio de 2015

ORSON WELLES (1978), DE ANDRÉ BAZIN. EL CINEASTA DEL RENACIMIENTO.

Orson Welles es uno de esos nombres que jamás deben faltar en la agenda de todo cinéfilo que se precie de serlo. Sus películas están realizadas para poder ser visionadas una y otra vez, descubriendo en cada ocasión nuevos aspectos técnicos, narrativos o ideológicos de joyas como Ciudadano Kane o Sed de mal. Partiendo de una extensa experiencia en el mundo del teatro, Welles revolucionó el concepto del cine. Pero los reformadores, los revolucionarios, siempre han de pagar un precio y en su caso fue un cierto ostracismo por parte de la industria de Hollywood. Su estilo de autor total nunca encajó bien allí, por lo que hubo periodos en los que debió ganarse la vida probando suerte en Europa.

Lo que es indiscutible es que al cineasta de Wisconsin se le definió como genio desde muy temprana edad, no solo por la espectacularidad y originalidad de sus montajes teatrales, en los que explotaba todas las posibilidades que podían ofrecer autores como Shakespeare, sino por la popularidad que le otorgó la famosa emisión radiada, en 1938, de la novela de H.G. Wells, La guerra de los mundos, que provocó el pánico en buena parte de la población. Lo curioso del caso es que la decisión de elegir esta obra fue más bien improvisada y que el responsable de la emisión solo se enteró al día siguiente de la magnitud del impacto causado, que llegó a ser causa de algún fallecimiento. A partir de aquí tuvo acceso al mayor de sus deseos: filmar una película innovadora junto al elenco que siempre le había acompañado en su Mercury Theatre.

El resultado de Ciudadano Kane marcaría en cierto modo la pauta del tortuoso trabajo de Welles en los años posteriores. Recepcionada con asombro por la crítica y parte del público, la película no fue el éxito que se esperaba y aunque su obra posterior, El cuarto mandamiento hizo más dinero, tampoco llegó a un nivel que pudiera satisfacer a los productores. A partir de aquí el cineasta debía emplear buena parte de sus energías en buscar financiación para sus proyectos, unos proyectos siempre grandiosos y originales. ¿Cómo hubiera sido su soñada adaptación de El corazón de las tinieblas, de Conrad, rodada con cámara subjetiva? ¿Y la de Moby Dick, de Melville? Lo cierto es que en muchas ocasiones debía trabajar como actor en producciones mediocres para ganar dinero con el que continuar obras que se iban rodando poco a poco, en los periodos en los que podía reunir a su elenco interpretativo, como Otelo o Mr. Arkadin. Welles, un amante de los planos largos (no hay más que recordar el asombroso comienzo de Sed de mal), debía renunciar a esta técnica por falta de medios económicos. Además, tampoco pudo acceder al montaje definitivo de muchas de sus obras. Las únicas que consideraba totalmente suyas, ya que para él era en el montaje donde el director se convierte verdaderamente en un artista, eran Ciudadano Kane, Otelo y Macbeth. Hubo casos sangrantes, como el de El cuarto mandamiento, que se montó a sus espaldas, mientras él rodaba un documental en Sudamérica.

Welles es un caso único de autor total: actor, director de cine y de teatro, guionista, montador, mago aficionado... Nunca dejó de ser del todo un niño prodigio, mimado y odiado a partes iguales. Buena parte de su obra quedó sin terminar, como esas esculturas de Miguel Ángel en las que una figura humana parece luchar contra la piedra con el objetivo de tomar forma definitiva. André Bazin, que representó para la crítica prácticamente lo que Welles para el cine, escribió un estudio ejemplar de la figura del cineasta, centrado más en la obra que en el hombre. La vida privada de Welles le interesa poco, excepto los episodios que tuvieron repercusión en su arte cinematográfico, un arte que define como centrado en la búsqueda de la identidad. Nos quedamos con las palabras del propio cineasta, definiendo en qué consiste su oficio:

"No me interesan las obras de arte, la posteridad, la fama, únicamente el placer de la experimentación en sí misma, es sólo en este terreno donde me encuentro verdaderamente honesto y sincero. No siento devoción alguna por lo que hago: no tiene ningún valor para mí. Soy profundamente cínico con respecto a mi trabajo y a la mayor parte de las obras que veo en el mundo, pero no soy cínico en cuanto al acto de trabajar sobre un material. Es difícil de explicar. Nosotros, los que hacemos profesión de experimentadores, somos herederos de una antigua tradición; de entre nosotros han surgido importantísimos artistas, pero nunca hemos hecho de las musas nuestras amantes. Por ejemplo, Leonardo se consideraba un sabio que pintaba y no un pintor que fuera sabio. No quisiera haceros creer que me comparo a Leonardo, pero sí explicar que hay un antiquísimo linaje de gentes que consideran sus obras según una jerarquía diferente de valores, según unos valores morales. No me extasío pues ante el arte, pero sí ante el esfuerzo humano en el que incluyo todo lo que hacemos con nuestras manos, nuestros sentidos, etc. Nuestro trabajo, una vez terminado, no tiene tanta importancia para mí como para la mayor parte de los estetas; es el acto lo que me interesa, no el resultado y este resultado no me satisface si en él no puedo palpar el sudor humano o un pensamiento…"

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