sábado, 7 de febrero de 2015

EL SEÑOR DE LAS MOSCAS (1963), DE PETER BROOK. CIVILIZACIÓN Y BARBARIE.


La novela de William Golding en la que se basa esta película es una de las grandes obras maestras del siglo XX. Podríamos decir que es una de esas narraciones que, recogiendo el espíritu de una época, tiene una vocación universal, puesto que lo que refleja es la condición humana natural que surge cuando se raspa un poco la piel de civilización con la que nos vestimos todos los días. La versión de Peter Brook es una traslación casi literal de la novela, aunque cambiando un pequeño detalle: los niños son evacuados de Inglaterra en un clima de Guerra Fría muy propio de los años sesenta, cuando fue rodada la película. ¿Se ha desatado un conflicto nuclear mientras ellos sobreviven en su aislamiento? Nunca vamos a saberlo, porque los que realmente interesan son los conflictos que surgen en el microcosmos de la isla, donde se va a poner a prueba la inocencia que se le supone a todos los niños.

A lo primero que apelan estos niños cuando comprenden que no hay ningún adulto en quien apoyarse es a la enseñanza transmitida por estos últimos. "Los ingleses somos los mejores en todo y saldremos adelante", dicen, mientras entonan cánticos vestidos con las togas de sus colegios. Aunque hay un voluntarioso intento de establecer una democracia, pronto abandonarán estas actitudes y estas ropas y tendrán que ir adaptándose a un nuevo entorno que, si bien les ofrece lo necesario para sobrevivir, resulta inhóspito y demasiado alejado de casa. Además, empieza a hablarse de una bestia oculta que ataca de noche y se esconde de día. Poco a poco los usos de la civilización se van olvidando y toma posesión de la mayoría de los chicos un pensamiento salvaje y primitivo. Sin haber leído textos de antropología, adoptan las conductas más ancestrales: cánticos repetitivos, danzas, camaradería de cazadores e incluso un involuntario asesinato ritual: la capa más primitiva de la naturaleza humana solo necesita un pequeño empujón para salir a flote. Piggy, el único ser racional del grupo, es ridiculizado constantemente, a pesar de ser uno de los de mayor edad: es gordito, miope y débil. Si ya era tratado mal por sus compañeros en la civilización, ahora su vida va a convertirse poco a poco en una grotesca pesadilla.

Es curioso que al final, cuando llegan los marinos a rescatarlos, aparezcan casi como dioses a los ojos de los habitantes de la isla. Algo parecido debieron sentir los pueblos americanos o del Pacífico cuando aparecieron los occidentales en sus costas. La versión de Peter Brook, realizada con pocos medios, usa unas imágenes de gran fuerza visual y simbólica, en un poderoso blanco y negro. Las interpretaciones de sus jóvenes actores son muy correctas, destacando la de Hugh Edwards, que compone a un Piggy tan lúcido, humano y atormentado como el de la novela. Aquí dejo el enlace al artículo que escribí hace cuatro años:

http://elhogardelaspalabras.blogspot.com.es/search?q=el+se%C3%B1or+de+las+moscas

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