miércoles, 14 de noviembre de 2012

LA MUERTE DE UN VIAJANTE (1949), DE ARTHUR MILLER. ANATOMÍA DEL FRACASO.


Después de leer una obra maestra de la envergadura de Muerte de un viajante, la sensación principal que queda es el deseo de verla representada en teatro al menos una vez. La historia de Willy Loman es una poderosa representación de los dramas de nuestro tiempo, en el que una vida mediocre se considera socialmente un fracaso. Uno de los momentos que más llaman la atención de la obra se produce cuando Willy visita a su jefe y este está entretenido con el i-pad de la época: una grabadora, a la que dedica un desmesurado entusiasmo, hasta el punto de asegurar que grabar su voz y la de su familia se va a convertir en su nuevo hobby. Qué poco hemos cambiado... Aquí el artículo:



Nacido en una familia de inmigrantes judíos del Este de Europa, a cuyos negocios afectó seriamente la depresión de 1929, los primeros años de Arthur Miller (1915-2005), que fue un estudiante mediocre, no presagiaban que llegara a ser uno de los grandes dramaturgos de la historia. Después de haber trabajado durante algunos años en todo tipo de empleos para ayudar a la familia (experiencia que sería decisiva para su obra posterior), fue en la Universidad, donde se licenció en Literatura inglesa, donde estalló su vocación creativa.

Arthur Miller, un intelectual icónico americano

A pesar de que sus primeras obras teatrales pasaron sin pena ni gloria, el estreno de La muerte de un viajante (1949) y su enome e inmediato éxito de crítica y público le otorgó un prestigio que ya nunca le abandonaría. La figura de Arthur Miller, alto, delgado y con gruesas gafas, se convertiría en sinónimo de intelectual. El escritor no sólo fue famoso por su obra, sino que se hizo enormemente popular a raiz de su idilio con la actriz Marilyn Monroe, uno de los más famosos del siglo XX. 
También es recordado su paso por la Comisión de Actividades Antiamericanas del senador McCarthy, donde se negó a dar nombres de supuestos compañeros con simpatías comunistas. Su vinculación a nuestra país, que visitaba asiduamente, se consolidó con la concesión del Premio Príncipe de Asturias en 2002.

Willy Loman, sueño y angustia en la tierra de las oportunidades

A la hora de acercarse a La muerte de un viajante, es conveniente situarla en su contexto histórico. A mediados del siglo XX, superadas las pruebas de la Gran Depresión y la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos se había consolidado como una gran potencia económica. Se fomentaba la idea del país como la tierra de la oportunidades y de los hombres hechos a sí mismos, ideas que obsesionarán a Willy Loman, el protagonista de la obra. Willy es un hombre que está entrando en la vejez. Toda su vida ha trabajado como viajante de comercio. Ha vendido lo suficiente para vivir, pero nunca ha destacado en su trabajo. Últimamente parece atacado por una crisis vital a la que no sabe como enfrentarse: a la vez que desciende su capacidad de vender, intuye que no ha conseguido cumplir sus grandes sueños. Todo ello le produce una angustia (algo muy habitual en la labor del comercial) que le está destruyendo por dentro:

"A veces me siento muy solo, sobre todo cuando las ventas no han ido bien y no tengo con quien hablar. Es como si nunca más fuera a vender nada., como si ya no fuera a ser capaz de mantener a mi familia, como si ese negocio con el que sueño para que mis hijos lo hereden jamás fuera a hacerse realidad. (...) Hay tantas cosas que quiero conseguir..." (Arthur Miller, La muerte de un viajante. Editorial Cátedra, pag. 212).

La decepción de los hijos, Biff y Happy

Ya la puesta en escena que acota Miller respecto al hogar de los Loman es muy significativa: se trata de una casa tradicional rodeada de amenazantes rascacielos; como si los Loman se hubieran quedado atrás en la evolución natural de la economía capitalista. En realidad el protagonista se presenta muy pronto al espectador como todo un experto en engañarse a sí mismo e intentar hacerlo con los que le rodean. A pesar de no tener suficiente dinero para pagar las facturas, intenta ofrecer una imagen optimista de sí mismo para borrar la realidad de su fracaso. Además, sus hijos Biff y Happy, en los que tenía depositadas desmesuradas expectativas, siendo ya unos treintañeros, no han conseguido nada demasiado relevante en la vida, lo cual no quiere decir que no puedan trabajar y vivir dignamente.

Precisamente, ya que él no lo ha conseguido, Willy sigue esperando que sus hijos consigan hacer realidad el sueño americano, ese tan escurridizo, del que él conoce toda la teoría, pero no la práctica. En realidad, la educación que les ha ofrecido era totalmente errada para esos objetivos: ha inculcado a Biff y a Happy que lo más importante en los negocios es el aspecto físico y la simpatía personal, dejando el esfuerzo y los estudios en un segundo plano. Los ha ensalzado tanto que lo único que ha conseguido es que carezcan de la más mínima disciplina laboral, porque no están dispuestos a recibir órdenes. Aún así sigue fantaseando con que su hijo Biff va a conseguir un crédito de un antiguo jefe, que precisamente lo despidió por robar, y va a montar una empresa de material deportivo que se va a convertir, como por arte de magia, en líder en su sector.



Como hemos dicho, Willy conoce, porque los ha visto como espectador, los resultados del triunfo personal en una sociedad capitalista, pero se desespera porque no da con la fórmula para llegar a él. Su mente inestable oscila entre la fórmula de su vecino Charley, cuyo hijo se ha convertido en un abogado de prestigio y la de su fallecido hermano Ben (que se le aparece en sus delirios), que representa una vida más aventurera, que busca su fortuna en escenarios salvajes, al margen de las leyes sociales. Willy no para de repetir que la suerte de su familia está a punto de cambiar, pero en el fondo sabe que durante toda su vida no ha hecho más que sembrar la semilla del fracaso en la misma. Las conversaciones que mantiene con su hermano Ben, en las que mezcla el presente con el pasado, son cada vez más surrealistas, sobre todo cuando se refiere a su hijo Biff:
 
"No tiene un centavo que lo avale, pero hay tres universidades importantes peleándose por él, y de ahí al cielo, porque no es lo que hagas, sino a quien conozcas, es saber sonreír cuando hay que hacerlo. Contactos, Ben, contactos. Toda la riqueza de Alaska se puede estar dirimiendo en un restaurante del hotel Commodore, y eso es lo maravilloso, eso es lo maravilloso de este país, que un hombre pueda termirar cubierto de diamantes solo porque ha conseguido caer bien. (...) Cuando entre en una empresa su nombre va a resonar con fuerza y se le van a abrir todas las puertas. He visto cómo ocurría. Lo he visto miles de veces. Sí, no es madera que puedas tocar con las manos pero está ahí". (Arthur Miller, o.p, pag. 264).

Una obra innovadora y que pretende transformar al espectador

La muerte de un viajante, es una obra muy innovadora en recursos escénicos. Entre los más destacados están las llamadas escenas subjetivas, en las que los delirios del protagonista interactúan con la realidad, algo imprescindible para entender la complejidad de los pensamientos de Willy. A pesar de que la obra no es el desmesurado ataque al capitalismo que muchos ven ella (es más bien una llamada de atención sobre sus perdedores), el autor de Las brujas de Salem quiso que su teatro fuera un instrumento de denuncia y transformación social:

"(...) existe en la forma dramática la posibilidad última de elevar el grado de compromiso con la verdad del ser humano hasta el punto de poder transformar la vida de quienes contemplan la obra." (Arthur Miller citado en The Theater Essays of Arthur Miller, Ed. Robert A. Martin. Viking. Pag. 84).

Al final el drama de Willy Loman es el drama del hombre que se resiste a ser mediocre, a ser uno más, cuyos desmedidos planes de futuro acaban aplastándolo. Su hijo Biff tomará buena nota: su misión en la vida, una vez libre de la sombra de su padre, va a ser encontrarse a sí mismo: su gran triunfo va a ser saber quien es realmente y actuar en consecuencia.

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