Conocí a Isaac Asimov en el colegio, cuando nos hicieron leer un pequeño fragmento de su novela "Compre Júpiter",
que me fascinó. ¿Cómo es que existía una literatura que te permitía viajar a otros mundos de un modo perfectamente realista? Posteriormente fui comprando, cuando podía, las novelas de la serie "Lucky Starr", una especie de detective del espacio que se movía por los planetas del Sistema Solar, habitados siempre por colonias de humanos. En ellas, Asimov no perdía la oportunidad de instruir deleitando y ofrecía numerosos datos (ahora desfasados) de los planetas explorados que se insertaban perfectamente en la trama.
Desde entonces nunca he dejado de leer respetuosamente la literatura de ciencia ficción de prestigio que iba cayendo en mis manos. Así conocí a Ray Bradbury, Alfred Bester, Robert A. Heinlein o Robert Siverberg. Actualmente leo menos ciencia ficción de la que debiera y he perdido un poco el hilo de las novedades del género, pero intentaré ir paliando mis muchas lagunas poco a poco. El de la ciencia ficción, en su vertiente sociológica, me parece un mundo fascinante. Especular acerca del destino de la humanidad como conjunto de individuos que cooperan es un ejercicio mental extraordinario. Lógicamente, las mejores novelas son las que auguran un destino pesimista al hombre. Las distopías como "1984", de George Orwell, "Nosotros", de Yevgeni Zamiatin,
"El hombre en el castillo", de Philip K. Dick, "Fahrenheit 451", de Ray Bradbury "Un mundo feliz", de Aldous Huxley, "¡Hagan sitio! ¡Hagan sitio!", de Harry Harrison o "Mercaderes del espacio", de Korbluth y Pohl (novela demasiado desconocida y que yo no me canso de recomendar) se cuentan entre mis novelas favoritas.
Asimov es una isla de optimismo entre tanto agorero. Él siempre confió en un destino racional para el hombre, en un gobierno mundial tutelado por científicos y en la expansión pacífica del ser humano por la galaxia. Su ciclo "Fundación" es un lectura obligada para cualquiera que esté interesado en el rumbo que debería seguir la humanidad en los próximos siglos.
"Los propios dioses" es una de sus creaciones más conocidas. Ganadoras de todos los premios del género habidos y por haber, la novela especula con el contacto con seres de otra dimensión a través del intercambio mutuo de materia, que deviene en una fuente infinita de energía para ambas partes, aunque el protagonista está convencido de que esta práctica terminará destruyendo nuestro universo.
Dejo aquí el genial diálogo a propósito de este asunto entre dos científicos:
"- Nosotros fuimos lo bastante listos como aprovecharnos de su iniciativa.
- Sí, al igual que las vacas son lo bastante listas como para comer el heno que se les da. La Bomba no es un indicio del avance del hombre. Más bien todo lo contrario."
En la segunda parte, la más famosa, conocemos a los extraterrestres más peculiares que ha dado la ciencia ficción, sobre todo por el esfuerzo que hace Asimov para diferenciarlos de los seres humanos. Estos seres de dividen en racionales, paternales y emocionales, cada uno con sus propias características. Lo que podía haber provocado una sensación de extrañeza, ante la descripción de unos seres tan insólitos, es resuelto con maestría por el autor al irnos introduciendo poco a poco en las costumbres de tan singular universo, aunque en el fondo se trata de seres sensibles e incluso heroicos. Poco más puedo añadir, solo recomendar su lectura, ya que se trata de un verdadero reto literario muy bien resuelto por un autor que no se distingue especialmente por lo excelso de su escritura.
La última parte se dedica a la descripción de la vida humana en la Luna. También muy interesante, ya que los selenitas evolucionan de un modo particular respecto a los humanos que quedan en nuestro planeta. Y es que la vida bajo tierra y con una gravedad inferior, tiene sus consecuencias, también políticas, pues los selenitas parecen anhelar un destino independiente al de los terrícolas.
El gran tema de la novela es la estupidez humana. El título está inspirado en una frase de Schiller: "Contra la estupidez, los propios dioses luchan en vano". Dice uno de los personajes:
"Te aseguro que la estupidez universal llega a ser desesperante. Creo que no me afligiría que el suicidio de la humanidad estuviera provocado por la más pura maldad de corazón o por la simple imprudencia. Hay algo increíblemente mezquino en el hecho de encaminarse hacia la destrucción a causa de la estupidez más suprema. De qué sirve ser un hombre si esa es la causa de nuestra muerte..."
La conclusión del relato también es muy propia del mejor Asimov:
"En cualquier caso, en la Historia no hay finales felices, solo momentos críticos que se superan."
Ciertamente, no podemos aspirar a la perfección, pero si podemos estar lo mejor preparados posible para afrontar con garantías los momentos críticos.
Varios factores se agrupaban en esta película para hacer de ella una propuesta atractiva para el fín de semana: había leído un par de buenas críticas de la misma, la dirige el director de "Expiación" y su reparto es muy atractivo, con el solvente Eric Bana, la prestigiosa Cate Blanchett y la joven Saoirse Ronan, que hizo un gran papel en la fascinante "Camino a la libertad", de Peter Weir.
Pero todos estos elementos, que podían haber dado un gran resultado me dejan un sabor agridulce, porque en ningún momento llego a entrar plenamente en una trama que me incomoda continuamente como espectador debido a la gran cantidad de preguntas sin respuestas que van quedando por el camino. Si esto llevara a alguna parte, lo aceptaría, pero no son más que excusas para rodar unas cuantas escenas de acción más o menos inspiradas. Destaca el uso del sonido en las mismas, que me ha recordado a los efectos sonoros de "Biutiful", que realmente te transportaban a los ambientes barceloneses que reflejaba el film.
En esta ocasión lo más conseguido es el tenebroso viaje de la protagonista, pasando por Marruecos y España, para desembocar en una siniestra Alemania (se trata de una coproducción de Estados Unidos y Alemania) donde se tendrá que enfrentar a sus demonios particulares, aquellos que no han permitido que goce de una infancia normal. Esto se hace demasiado obvio en la escena final ¡junto a una cabeza de lobo feroz! Lo cierto es que la película se me ha hecho demasiado larga, demasiado repetitiva y muy incómoda por el poco desarrollo de personajes que contiene.
Si el año pasado mi gran lectura de principios de verano fue "La montaña mágica", este año le ha tocado a Céline y "Viajea al fin de la noche", cuyo polémico aniversario se celebra este año, ninguneado por el gobierno francés por su antisemitismo y colaboracionismo entusiasta durante la ocupación alemana de Francia. Y es que el rostro de Céline es, cuanto menos, inquietante. Digamos que su libro tiene una primera parte genial y se desinfla un poco en la segunda, que se hace un poco larga y reiterativa. El mensaje es claro: la existencia es absurda, sobre todo si no se ha nacido en una familia burguesa. Y la pobreza no suele engendrar nada bueno. Aquí el artículo:
http://www.suite101.net/content/viaje-al-fin-de-la-noche-una-novela-de-louis-ferdinand-celine-a57990
El contenido de la felicidad se encuentra casi siempre en el ejercicio de las acciones más sencillas: salir a pasear por tu ciudad una tarde de junio junto a la persona amada, pararse a conversar con amigos a cada paso, mirar con deleite los puestos de la feria del libro y asistir a la conferencia de un autor novel que está teniendo un éxito desmesurado con su primera novela y que nos dio una lección de marketing literario, saludándole al final para agradecerle su amable invitación. Pero no acabó ahí la tarde, porque también tuvimos oportunidad de visitar una exposición interesantísima en el Museo Municipal "Málaga en la pintura del siglo XIX". No voy a detenerme aquí a enumerar los cuadros de la muestra aunque recomiendo vivamente observar con cierto detenimiento un plano de la Málaga de 1790, un grabado en gran formato. La misma ciudad y sin embargo tan distinta... Faltaba un siglo para que se inaugurara calle Larios y su espacio actual era ocupado por una amalgama de callejuelas de nombres tan evocadores como "Amanecer", "Ropería vieja" o "Siete revueltas", una calle muy tortuosa que comparte nombre con otra de Córdoba. Todas ellas, oficialmente foco de podredumbre y maleantes, quedaron destruidas o divididas en pos de la modernidad que suponía un espacio como la calle Larios.A mí me gusta imaginar como sería Málaga si se hubiera conservado su estructura original, si se hubieran conservado esos callejones y se hubieran adecentado sus construcciones, presumiblemente interesantes muchas de ellas, construyendo la calle Larios más al oeste, en el emplazamiento actual de Armengual de la Mota y se hubieran respetado los barrios tradicionales, el Perchel, la Trinidad y la Coracha, así como muchos edificios valiosos del centro histórico que fueron siendo demolidos por una piqueta tan irracional como inmisericorde. Sería bonito poder hacer turismo en el pasado de tu propia ciudad y atravesar lugares irreconocibles, tratando de compararlos con el presente.
Ahora miro una de las fotografías que ilustran el magnífico libro de Antonio Soler, ya que esta exposición me ha recordado que seguía pendiente de un artículo por mi parte desde hace algunos meses. Es una vista de Málaga desde el mar a mediados del siglo XIX, una ciudad de edificios armoniosos, cuya catedral y las torres de sus iglesias reciben al viajero con una promesa de belleza y clima benévolo, una ciudad que en aquellos momentos se encontraba en la vanguardia de la industria del país gracias a las inversiones de unos personajes de los que prácticamente solo quedan nombres de calles y alguna estatua: Larios, Loring, Heredia... Si la fotografía hubiera tomado una perspectiva más amplia se verían una gran cantidad de chimeneas a pleno rendimiento, de las que todavía quedan algunos tristes vestigios en las playas malagueñas.
Y es que Málaga era en aquellos tiempos competencia directa de las ciudades industriales del norte y de Barcelona. Todo se fue perdiendo por una serie de calamidades que se resumen en el libro de Soler. La principal de todas ellas fue la mezquindad de los empresarios, que nunca trataron de mejorar las condiciones de vida de sus asalariados, manteniendo en sus industrias unas condiciones propias de las novelas de Charles Dickens. Como bien dice en el prólogo Soler:
"Málaga atravesó en la mitad del siglo XIX una época de esplendor. Agricultura, industria, banca. Todo se agolpaba para un despegue que no consiguió romper la ley de la gravedad. La historia de este Dorado fue efímera. Los años de prosperidad pasaron, sí, pero no se fueron sin dejar rastro. El inconformismo. Al desfondarse aquella etapa de bonanza este pueblo inquieto no aceptó de buen grado ni la miseria ni el trato de los déspotas. Nunca fue una parroquia obediente, así que no se amoldó por las buenas a las horas bajas. Y cuando llegó el tiempo del poder absoluto, aquí se reavivaron las ansias de libertad con más ruido que en otras partes. El carácter de Málaga se había fraguado mucho tiempo atrás a golpe de convulsiones, guerras, hedonismo, comercio, picaresca y generosidad. Siempre un punto por encima de lo que aconsejaba la mesura. Siempre con unas décimas más de estridencia, en el bien y en el mal, que la de cualquier otro pueblo, más neutro y prudente, habría gastado."
Hablar de paraíso es exagerado, claro. Pero sí que se pusieron las bases para que fuera posible si las cosas hubieran evolucionado de otro modo. El sueño terminó de la peor de las maneras posibles: baste recordar la quema de conventos en 1931 y, peor todavía, las masacres de la Guerra Civil cinco años después. Málaga perdió el tren de la modernidad y aún hoy día pugna por recuperarlo en medio de una crisis económica brutal. En la reunión que tuvimos hace unos meses con Antonio Soler tuve la oportunidad de preguntarle acerca de como veía la relación de la Málaga actual con su pasado. Me respondió que es una ciudad que se ha ensañado con sus edificios históricos y que desde lo que sucedió en 1931 el patrimonio malagueño entró en decadencia en un proceso que dura hasta hoy mismo.
Traigo aquí la reproducción de un cuadro del pintor Horacio Lengo que se titula "La moraga" y que es una perfecta metáfora de la Málaga del siglo XIX: mientras los niños asan sus sardinas despreocupadamente, las chimeneas del fondo trabajan a pleno rendimiento, ajenos unos y otros a su triste futuro. Málaga no tiene por qué buscar su identidad únicamente en momentos puntuales del año con la celebración exaltada de la semana santa o la feria. Posee una rica historia detrás, una historia que le podría haber llevado a ser una ciudad muy distinta, más rica en todos los aspectos. Soñar es gratis...
El argumento de esta película les sonará: grupo de amigos de toda la vida que se reunen y dejan salir a la luz poco a poco los conflictos encubiertos entre ellos, poniendo de manifiesto la hipocresía de su convivencia idílica. No voy a citar las cintas pertenecientes a este subgénero, casi todo el mundo a visto alguna.
En esta ocasión se ha reunido un buen grupo de actores que van asumiendo su momento de protagonismo según avanza la trama, aunque a mí el que más me ha interesado es Max (François Cluzet), un triunfador, dueño de un negocio hotelero de éxito que cada verano invita a sus amigos a su casa de ensueño en la costa. A Max le gusta presumir de riqueza, aunque sea de forma inconsciente. Nada más llegar a la casa riñe con la empresa que se la mantiene durante todo el año porque el césped no está perfecto. Durante el resto de las vacaciones se picará por los motivos más nimios, provocando la desesperación de su mujer y el desconcierto de sus amigos. Es el típico ejemplo de perfeccionista, de quien tiene tantas posesiones que se pasa la vida, no disfrutándolas, sino irritándose por cualquier efecto que se esfuerza en detectar en las mismas. Su único afán es que los demás comprendan su estatus, que le permite mostrarse prepotente con cualquiera sin tener que dar cuentas a nadie de su comportamiento. Caprichos de persona hecha a sí misma.
A todo esto, existe un detalle en las vacaciones que retrata la película que provoca continua incomodidad en el espectador: uno de los amigos se encuentra ausente, porque ha tenido unos días antes un grave accidente de tráfico y está ingresado en el hospital. Sus amigos se preocupan, claro, pero... ¿qué ganan quedándose a su lado cuando las merecidas vacaciones están a la vuelta de la esquina? Entre todos deciden que no deben perderlas, que llamarán para interesarse por el accidentado, que lo visitarán a la vuelta... Les da vergüenza decir abiertamente que lo que ha sucedido les importa, pero no hasta el punto de sacrificar su periodo de descanso para estar junto al amigo en sus peores horas.
Y es que la película de Canet comienza siendo una comedia amable, casi costumbrista, con un buen retrato de personajes y termina deviniendo en drama. El contraste entre las dos partes de la película está bien conseguido y tiene su lógica, pero a costa de abusar un poco del espectador con el excesivo metraje de la cinta. Quizá se desarrollan demasiados personajes. Todos necesitan su momento de gloria, encadenando historias que demuestren que la mentira y la hipocresía están presentes con demasiada frecuencia en las relaciones humanas, un discurso no muy original, pero reforzado al menos por buenas interpretaciones por parte de todos los actores.
Lo leí hará unos siete años y ahora he vuelto a hacerlo y me ha deslumbrado de nuevo. En club de lectura hemos tenido división de opiniones. Había quien opinaba que era un libro muy irregular, sin coherencia interna y demasiado deprimente. Para mí es un libro casi perfecto, por la reflexión profunda que produce en el lector y, esta es una cualidad de los grandes libros, por llevar irremediablemente a otras lecturas. Quien me conoce sabe que Antonio Muñoz Molina es de mis favoritos entre los escritores actuales. Sigo con regularidad su blog y sus artículos en El País, que siempre aportan una gran riqueza intelectual y humanística. Aquí mi artículo:
http://www.suite101.net/content/sefarad-la-identidad-y-el-exilio-segun-antonio-munoz-molina-a57158
La ví hace ya algunos años, recien salida en dvd, más bien atraído por su Oscar al mejor documental, más que verdaderamente consciente de las sensaciones que estaba a punto de experimentar. Y es que las palabras de este anciano enérgico, de cuyas decisiones han dependido la vida y la muerte de millares de seres humanos, desprenden autencidad durante todo el metraje de la cinta. ¿Como afrontar moralmente sus responsabilidades? Algunas de sus expresiones lo dicen todo. Quizá este documental sea el mejor legado de una vida plena de contradicciones. Como no sé si es muy fácil de encontrar en la actualidad, está a disposición de cualquier amigo que le apetezca verlo. Les aseguro que la experiencia no decepciona. Aquí el artículo:
http://www.suite101.net/content/rumores-de-guerra-errol-morris-retrata-a-robert-mcnamara-a56386
Una sensación agridulce me dejó la última película de Woody Allen. El magnífico cartel es un estupendo resumen de lo que el espectador va a encontrar: un risueño Owen Wilson paseando por una ciudad maravillosa mientras se van cumpliendo sus sueños uno tras otro.
El comienzo es impecable: unas bellísimas vistas de París (mostrar el espléndido escenario es imprescindible en esta historia), que provocan la nostalgia en quienes hemos estado allí y estamos deseando volver algún día. Pero el problema principal es que la película es demasiado optimista: el protagonista no padece ningún conflicto grave. Tiene una buena vida como guionista en Los Ángeles, se hospeda junto a su prometida en un lujoso hotel parisino. Ésta no le agobia demasiado e incluso le deja salir a pasear solo para inspirarse con vistas a una incipiente novela que quiere escribir, aunque ella le esté poniendo los cuernos con el ser más pedante de la creación.
La historia de "Medianoche en París" recuerda poderosamente a la de "La rosa púrpura de El Cairo". El protagonista, transportado mágicamente al París de los años veinte, que él adora, querría quedarse a vivir allí, junto a Scott Fitzgerald, junto a Hemingway y, sobre todo, junto a una de las amantes de Picasso, que se enamora de él con la misma facilidad que sucedería en un sueño. "Cualquier tiempo pasado fue mejor", repiten los protagonistas de la película, solo para descubrir que no es cierto, que hay que valorar lo que se cuece en cada época, que en muchas ocasiones llegará en el futuro a adoptar la categoría de clásico.
Allen es muy benevolente con su personaje, un alter ego no tan neurótico como de costumbre. Ni siquiera la ruptura con su pareja le supone un gran esfuerzo, ni trauma alguno. Él se limita a ser feliz, en el presente, en el pasado y la belle epoque, dejando que las benignas circunstancias se apoderen de él. Aunque los artistas y escritores que aparecen están soberbiamente caracterizados, no se comportan como personajes, sino como estereotipos: Hemingway borrachín y machote, Dalí surrealista, Toulousse Lautrec solitario, Scott Fitzgerald de fiesta en fiesta viviendo su tormentosa relación con Zelda... Sé que es lo que el director buscaba, pues el viaje de Gil (Owen Wilson) está dictado estrictamente por sus fantasías literarias y en el París de los años veinte se concentraban gran parte de los artistas que admiraba.
No puedo decir que me haya desagradado la película en absoluto. He pasado muy buen rato visionándola, pero no me ha dado que pensar, algo que siempre me gusta cuando veo una realización de este director. Prefiero al Woody Allen de la trilogía londinense, que me habla de la verdadera vida, de problemas morales, a esta vida idealizada en un París de cuento de hadas, estéticamente impecable, pero algo vacío si exploramos más allá de la superficie.
Me ha gustado muchísimo la nueva película de Matthew Vaughn.
Y no solo porque yo fuí un friki irredento de los mutantes en mis tiempos, sino porque es una estimulante propuesta de fantasía y aventuras y gustará igualmente a quien nunca se haya acercado a un cómic de los X-Men. Vaunghn realiza un acercamiento muy respetuoso al espíritu del original, desarrollando perfectamente a los personajes y dosificando sus espectaculares escenas de acción. Aquí el artículo:
http://www.suite101.net/content/x-men-primera-generacion-los-mutantes-de-matthew-vaughn-a55721
El mes de junio viene marcado en la capital malagueña por la celebración de la feria del libro, que este año viene cargada de actividades.En el club de lectura de la Biblioteca Provincial, el próximo jueves estará dedicado al encuentro con el autor malagueño José Luis González Vera, con el que se hablará de su libro "Nombres propios". A partir de mitad de mes la biblioteca cierra por las tardes (cosas de la crisis y de la austeridad, que recorta donde donde no debiera), así que las reuniones se producirán en una cafetería cercana. Los miembros serán puntualmente informados. Algunos de sus miembros asistirán a un encuentro con Almudena Grandes en el Teatro Cánovas.
En el club de lectura de la Biblioteca Cristóbal Cuevas, al que no pude asistir el mes pasado se leerá nada menos que "Sefarad", la que considero mejor novela de Antonio Muñoz Molina. Espero estar allí sin problemas. Algunos de sus miembros asistirán a un encuentro con el escritor Fernando Aramburu en el Centro Andaluz de las Letras.
En el club de lectura de Cincoechegaray toca en esta ocasión un clásico de Ernst Hemingway, "Jardín del Edén".
En el club de lectura de la Fnac, un valor seguro, Roberto Bolaño con "Los sinsabores del verdadero policía".
En el club de lectura de la Sociedad de Amigos de la Cultura de Vélez Málaga se recuerda a Ana María Matute con "Historias de la Artámila".
Y reseñar también el acto de presentación del nuevo libro de poesía, "Aguas tranquilas", de la compañera de la Biblioteca Cristóbal Cuevas Mari Carmen Coca, en la Caja Blanca (Teatinos).
Les dejo aquí un enlace con las actividades programadas para la Feria del Libro:
http://www.malaga.eu/opencms/opencms/aytomalaga/port
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