Me voy a pasar unos días al país vecino. Aprovecho para saludar a todos los lectores y desearles unas felices vacaciones.
A pesar de que no he disfrutado demasiado de su lectura (considero que el autor debiera haber escrito más bien un ensayo sobre los hechos que narra), sí que me ha servido para conocer unos hechos de los que no tenía noticia y para planear pasar un fín de semana en este magnífico escenario, del que la NASA dice que es lo más parecido a Marte que tenemos aquí en la Tierra. Agradezco al compañero Juan de Dios los magníficos apuntes que me ha enviado, que han servido para enriquecer el texto, que dejo aquí:
http://historiasigloxix.suite101.net/article.cfm/el-corazon-de-la-tierra-de-juan-cobos-wilkins
A la hora de establecer una comparación, recién vistas las tres más modernas, sigo estimando que la primera trilogía es superior a ésta, pero la comparación no es tan abismal como algunos sugieren. Estos tres episodios anteceden perfectamente a los tres siguientes y nos proporcionan una información fundamental para visionar con otros ojos los episodios cuatro, cinco y seis. Cada una de las trilogías contiene una oveja negra: "La amenaza fantasma" en ésta y "El retorno del Jedi" en la siguiente. Y una joya. Aunque esta "Venganza de los Sith" no llegue a la altura de la perfecta "El imperio contraataca", constituye un espectáculo muy estimulante sobre las circunstancias que hacen caer a un alma cándida en el lado oscuro.
Cierto es que contiene errores, algunos de ensamblaje con el episodio siguiente, pero tantas son sus virtudes y tanto el entretenimiento que proporciona al espectador, que todo puede perdonársele. No en vano, Lucas puso toda la carne en el asador a la hora de culminar su saga.
Aquí asistimos al triunfo de las intrigas del senador Palpatine. Es él el señor oscuro que va a llevar a la perdición de Anakin y los jedis han estado ciegos durante todo este tiempo. Lo que más me gusta de esta película es contemplar como las circunstancias van golpeando a Anakin una tras otra, como los acontecimientos inevitables de una vida que quiere ser ejemplar pueden derivar en el mal absoluto.
El comienzo del film es memorable, con el rescate del senador Palpatine dentro de una nave en plenas Guerras Clon: un derroche de imaginación y ritmo, donde por fín podemos ver un poco de química entre Obi Wan y Anakin. Hasta Hayden Christensen mejora como actor desde el episodio anterior y es capaz de emplear una violencia salvaje impensable en la otra trilogía.
Hay un tono nostálgico en toda la cinta respecto al necesario ensamblaje con el episodio cuatro. Muchas escenas de homenaje y un estremecedor final que parece homenajear a su vez a "Frankenstein" (James Whale, 1931), con la transformación de Anakin en un ser mutilado y prácticamente sin alma, pero al que intuimos un intolerable sufrimiento dentro de su nueva máscara.

A veces el cine de centro comercial, ese al que hay que añadirle últimamente la coletilla "3D", produce agradables sorpresas. Ví en su día las dos anteriores partes de esta saga. No voy a repetir aquí que la primera es revolucionaria en su concepción y todo eso: es bien sabido. Solo elogiaré las excelencias de sus guiones, que están como dirigidos al inconsciente colectivo del hombre-niño occidental. Todo un acierto.
Todos hemos utilizado de pequeños los juguetes para desarrollar nuestra imaginación, para crear historias localizadas en universos absurdos y geniales. Algunos siguen con esa manía de fantasear con otras realidades y son capaces de plasmarla en un papel o en la pantalla de un ordenador. Muchos consiguen una gran perfección formal, pero pierden la espontaneidad de las historias de la infancia, cuando todo es posible y nada es absurdo.
Este maravilloso rasgo de la ingenuidad se aprecia en todo su esplendor en la escena con la que se abre la película. Lo que empieza como un argumento de puro western termina como un delirante argumento de ciencia ficción de serie B. Eso es un niño jugando. Un niño pre-playstation, se entiende. Un chiquillo puede comportarse como el ser más insoportable del mundo, pero cuando utiliza su imaginación para otorgar un papel a los muñecos que maneja se convierte en alguien fascinante. Algo cada día más raro de ver.
Nos encontramos ante una extraña película que, dirigida en principio al público infantil, provoca un intenso sentimiento de nostalgia en los adultos. Habrá pocos que al verla no vuelvan verse a sí mismos en una de esas largas tardes lluviosas de invierno encerrados en su habitación con el suelo regado de muñecos de todos los tamaños, improvisando una aventura con sus héroes y villanos y dando todas las vueltas de tuerca posibles al argumento no por al amor al arte, sino por pura diversión.
Los juguetes de las dos anteriores entregas siguen siendo los mismos, pero su dueño ha crecido y va a irse a la universidad. El nerviosismo entre los miembros de la pequeña sociedad juguetera es el mismo que siente un trabajador que siente que puede ser despedido: se pregunta que ha hecho mal e intenta imaginarse su futuro. Al final la conclusión es siempre la misma: las circunstancias de la vida nos hacen cambiar, hay que adaptarse y quien no es capaz de hacerlo, sucumbirá. Darwin nos lo explicó muy bien. Los juguetes van a recalar en una guardería con el siniestro nombre de Sunnyside, donde van a ser sometidos a la dictadura implantada allí por un oso amoroso. Fascinante su secuaz, un muñeco-bebé que parece surgido de una película de terror de los años cuarenta. Fascismo con olor a fresas.
Resulta increible en los tiempos que corrren poder visionar una película dirigida al gran público que tenga tantas virtudes: perfección formal, buen guión, coherencia con las anteriores partes y variedad de lecturas, según la edad y condición del espectador. A la espera de "Origen", esta película se erige como una perfecta opción para el verano. Y te dejan entrar aunque no lleves niños.
Barba Azul es un personaje literario del cuentista Charles Perrault, cuya historia está basada en la de el malvado personaje histórico Gilles de Rais y en el rey Enrique VIII. En el cuento, la octava esposa de un terrible personaje descubre que el protagonista guarda los cadáveres de sus predecesoras en una pequeña habitación. Un precedente de los asesinos en serie tan de moda en la actualidad.
La película de Lubitsch tiene el esquema de la típica guerra de sexos, pero en una vertiente tan fina y psicológica que lleva al pobre protagonista al borde de la locura. Michael Brandon (Gary Cooper) es un millonario norteamericano, el típico hombre hecho a sí mismo y autosuficiente que solo tiene una debilidad: es un enamoradizo compulsivo. Siete matrimonios fracasados no le han enseñado nada y, en una delirante escena en unos grandes almacenes, dotada con el famoso toque Lubitsch, conoce a la hija de un decadente aristócrata francés y se enamora perdidamente de ella. Aquí podriamos hablar largo y tendido del ascenso del capitalismo y el declive de la nobleza, pero la película no se detiene en ello. A pesar de su amor, Michael lleva el asunto como si de negocios se tratara, actitud que no convence a su esposa-antagonista (Claudette Colbert), que le va a dar una lección tan cruel como inolvidable.
Aunque no es de las mejores de su director, la película contiene los mejores ingredientes de las screwball comedy, pero con un ritmo más sosegado respecto a los filmes canónicos del género como "La fiera de mi niña" (Howard Hakws, 1938) o "Historias de Filadelfia" (George Cukor, 1940). No se puede pasar por alto la actuación de Gary Cooper, un actor no especializado en comedia, que es capaz de transmitir perfectamente los valores y contradicciones de su personaje, aunque en todo caso no podemos dejar de fantasear con lo que hubiera hecho Cary Grant con un papel de esta envergadura, que le hubiera venido como anillo al dedo.
Cuando yo era pequeño las películas de terror las emitían en horario nocturno, por lo que el mundo de Drácula, Frankenstein o el Hombre Lobo estaba vedado para mí, lo cual lo hacía mucho más atractivo, pues la imaginación es a veces mucho más poderosa que lo que vemos con nuestros propios ojos.
En las noches en las que sabía que iban a emitir un clásico del terror fantaseaba con la idea de bajar furtivamente de la cama y asomarme al salón, donde seguramente podría ver unas imágenes de un horror indescriptible, que me dejarían marcado para siempre. Era en ese momento cuando un ligero miedo me imponía la prudencia y me conformaba con las fotografías que hubiera podido ver en alguna revista para montar mi propia historia. Al día siguiente en el colegio siempre había quien aseguraba haberla visto y te describía los detalles más truculentos de la trama. Siempre han existido los niños maestros de la mentira.
Teniendo en cuenta estos antecedentes, y sabiéndome hoy día lo suficientemente mayor como para enfrentarme a películas de estas características sin caer luego en las más terroríficas pesadillas, tengo que decir que he visto la película de Terence Fisher sin ser objetivo, con la nostalgia de la expectativas que me creaba en aquellos años, con el morbo de poder visionar a mis anchas lo que me estaba prohibido. No es la primera película de terror que veo, claro, pero el Drácula de Christopher Lee es mítico para mí, por la impresión que me llevé con una foto suya: un vampiro de presencia impresionante, dotado de gran elegancia, pero cuyo rasgo más visible era el rojísimo hilo de sangre que le caía por la barbilla.
Digo todo esto porque, vista hoy, el Drácula de Terence Fisher es una película que ha envejecido muy mal y solo la sostienen su aura mítica y la calidad de sus intérpretes. Ya he hablado de la gran presencia de Christopher Lee, pero quisiera destacar a su antagonista, un Van Helsing interpretado por un Peter Cushing casi tan implacable como el vampiro y no menos letal en el uso de la ciencia de lo sobrenatural. Solo por la presencia de estos dos gigantes, la película es ya un gozo.
Sobre el resto de elementos cabría decir que la trama es bastante pobre, los decorados dignos, pero no espectaculares, vistos con los ojos de un espectador del siglo XXI. En todo caso, para los espectadores de 1958 se trató de una película revolucionaria, que daba un paso más allá a la excesivamente teatral interpretación de Bela Lugosi y nos presentaba a un conde Drácula más poderoso que incluso sabe rodearse de algunas gotas de erotismo. Tengo ganas de ver la versión de John Badham, de finales de los setenta, muy apreciada por los seguidores del género y revisar, por supuesto, la obra maestra de Coppola, sin olvidar la versión primitiva y fascinante de Murnau, "Nosferatu".
Observen la imagen de arriba y pregúntense seriamente: ¿es directamente proporcional el patriotismo al número de banderas que se exhiben en una terraza?
Lo primero de todo, felicitar a la selección española por su gran éxito en el Mundial, éxito que atribuyo sin lugar a dudas a su estrepitosa derrota ante Suiza. Iban tan sobrados que parecía que todos los equipos debían rendir sus armas antes de saltar al campo. La inmersión en la realidad les hizo reaccionar y pasaron de soñar con emular a los propios personajes publicitarios que protagonizan a poner los pies en la tierra y trabajar como los profesionales que son. También me gustaría que las cuantiosas primas que van a ingresar por la victoria las dedicaran, al menos en parte, a ayudar de alguna manera a tantos compatriotas que tan mal lo están pasando y tanto les veneran.
Pasando otra vez a la ola de patriotismo. El de España parece un caso digno de estudio. Un país que tan a menudo se avergüenza de sí mismo y de sus símbolos pasa a exhibirlos sin prejuicios por todas sus calles cuando llega una competición futbolística de entidad. Es como si los once futbolistas que saltan al campo lo hicieran para algo más que jugar un partido de fútbol: dirimir el honor de un país. Así lo entiende mucha gente, así lo ha entendido en gobierno francés, que llevó hasta el parlamento el tema de la eliminación de su equipo.
Lo cierto es que el partido frente a Holanda fue verdaderamente épico, como si su guión hubiera sido escrito para el cine. No faltaban los villanos, los jugadores holandeses que se empleaban con una dureza digna del equipo alemán de "Evasión o victoria" (John Huston, 1981), y para más inri, hacían honor a su condición de protestantes quejándose continuamente al árbitro hasta por la acción más nimia que protagonizara un jugador español. Los españoles, como si del Tercio de Flandes se tratara, dieron buena cuenta de ellos, en una prórroga de infarto, en la que no faltaron héroes y beso final. El epílogo se produjo ayer, con la llegada de los jugadores a Madrid, exhibiendo la Copa del Mundo como si de un nuevo Santo Grial redentor se tratara. Deberían dedicarse en los próximos meses a recorrer el país en una gira para inspirar al resto de ciudadanos acerca de como remontar la crisis.
Dejándome de bromas, en realidad esta ha sido una de las pocas buenas noticias que ha llegado últimamente a nuestro país y una buena dosis de alegría nunca viene mal. Hasta la voluntariosa marcha por el Estatut del otro día ha quedado deslucida por el mar de banderas españolas de ayer. Y es que el fútbol (y todo el marketing de multinacionales que conlleva) es mucho más poderoso que la política.
Me pareció tan sencillo el relato de Imre Kertész en comparación con el de Primo Leví, que me ha costado dos semanas asimilarlo y escribir mis reflexiones. El horror está ahí igualmente, pero el húngaro, a diferencia del italiano, solo mira al frente, no mira a los lados y no intenta explicarse el propósito de todo aquello.
Mi artículo número cuarenta en Suite 101:
http://literaturaactual.suite101.net/article.cfm/sin-destino-una-novela-de-imre-kertesz
Se podrían contar con los dedos de una mano las películas de cine griego que he visto, aunque teniendo en cuenta que las de Theo Angelopoulos valen por cuatro, quizá tendría que ayudarme de la otra extremidad.
En primer lugar hay que decir que "Canino", que ha ganado fortuna al ser premiada en Cannes, no es una película apta para todos los estómagos. Es dura, sin concesiones y además dicha dureza no tiene razón de ser. Lanthimos nos muestra la vida cotidiana de una familia muy peculiar. Viven en chalet con un jardín con piscina, amurallado y alejado de cualquier núcleo urbano. En este escenario los padres tienen orquestada una farsa incomprensible: sus tres hijos, que ya han pasado la adolescencia, creen que no pueden salir del terreno familiar. Monstruos y peligros sin fín les acechan fuera. Y sus reglas de vida son tan estrictas como absurdas para el espectador: deben venerar a sus progenitores y "portarse bien" todo el tiempo, so pena de castigos muy duros, han de practicar juegos no exentos de crueldad y son tan inocentes que creen a sus padres cuando les tiran desde la ventana un avión de juguete y les aseguran que es uno de los muchos que surcan el cielo, que ha caído en el jardín.
En todo caso, este perfecto aislamiento respecto al mundo exterior tiene una pequeña grieta. El padre, el único que pisa el mundo exterior, contrata a la guardia de seguridad de la empresa en la que trabaja para que sacie los apetitos sexuales de su hijo varón. Las necesidades de las dos hembras no parecen gozar de tales privilegios.
Ciertamente, nos encontramos en un status quo grotesco, de una violencia soterrada, en una historia que podrían haber firmado Haneke y Buñuel, pero que lo hace un griego desconocido y valiente, que se atreve a explorar los instintos más primarios de la naturaleza humana. Aunque el guión es continuamente anticlimático, la atmósfera opresiva lograda hace seguir la historia al espectador en todo momento con un interés no exento de una pizca de morbosidad antropológica. El final nos va a dejar más preguntas que respuestas. No son malas noticias, en semejante panorama cinematográfico.
Algo muy curioso ha sucedido con este libro en el seno del club de lectura. Nadie ha disfrutado demasiado de sus páginas, pero ninguno de nosotros se ha atrevido a decir que se trate de un mal libro. La sensibilidad japonesa que transmiten estos cuentos es difícilmente perceptible a ojos del lector occidental. Un japonés puede deleitarse durante horas en la contemplación de un paisaje o un jardín, y reflexionar sobre todo ello. Nosotros queremos literatura con emociones más a flor de piel. No es que en la literatura de Kawabata no sucedan cosas, que suceden y muchas, pero su escritura es tan sutil y se recrea tanto en los detalles más íntimos que a veces no es difícil perder el hilo de la historia.
No obstante, aún con todas estas reticencias, el libro no está exento de interés. Entre sus páginas se puede entrever la humillación marcada en el interior de los personajes al haber vivido tan recientemente la derrota bélica. Se trata de un Japón que se recompone, que trata de apoyarse en la vida familiar y en los pequeños placeres y milagros de la existencia, pero que no puede olvidar el reciente desastre, aunque pocas veces se hable de ello.
Recuerdo que cuando leí "Lo bello y lo triste", de este mismo autor, me sentí transportado a Kioto y pude ver su colorido. No me ha sucedido lo mismo con estos relatos, salvo escasas excepciones. En todo caso me he acordado vivamente de dos películas que ví hace un par de años de Yasujiro Ozu: "Buenos días" y "Cuentos de Tokio". El Japón más costumbrista.
Los personajes literarios o cinematográficos que logran fugarse de prisiones me parecen de lo más admirable. Soy por naturaleza poco habilidoso con las manos, carezco de imaginación para fabricar herramientas inverosímiles, de paciencia para estudiar los movimientos de los guardias y la estructura de la prisión y nunca he tenido que probar, por suerte, mi valentía en circunstancias extremas, aunque sí que he de confesar que la única vez que he tenido que disparar un arma con fuego real un sudor frío me corría por la espalda. Me identifico más con el sacerdote, también preso, de esta película. Él es feliz cuando consigue un libro como compañía para pasar las largas jornadas en su solitaria celda, aunque ese libro sea la Biblia.
Refiriéndome, como he hecho en otras ocasiones, a mi escasa cultura en cine europeo, he de decir que esta es la primera película de Robert Bresson que veo y me ha parecido un cineasta deslumbrante y muy muy personal. El arte cinematográfico es tan grandioso que puede contar las historias más profundas sirviéndose de los elementos más livianos. Bresson compone su película sirviéndose durante la mayor parte del metraje del pequeño escenario de la celda de Fontaine, el protagonista, durante la interminable espera que precede a su ejecución por el ejército alemán. Las relaciones con el resto de presos tienen lugar durante su aseo en común en el patio, pero sus conversaciones han de ser breves y prudentes.
Estamos en 1943 y la liberación de Francia todavía no puede atisbarse en el horizonte, por lo que Fontaine es un personaje sin esperanzas. El espectador sufre su tedio, su miedo y la angustia de un encierro en un espacio tan pequeño. Bresson hace hincapié ante todo en que su personaje es un ser humano. La desesperación agudiza el ingenio y Fontaine va preparándose poco a poco para su fuga. La duda le carcome y la decisión de llevara cabo su acción va a ser fruto de un proceso muy penoso. Mientras tanto Fontaine escucha los sonidos de la prisión, los lamentos, los fusilamientos... El uso del sonido es uno de los puntos fuertes del cine de Bresson. A veces logra que el espectador vea con sus oídos lo que no puede observar con sus ojos.
Aunque el título desvele el desenlace de la trama (lo cual no es importante, porque aquí cuentan las acciones y los sentimientos del protagonista durante su encierro y no tanto el resultado de sus acciones), la visión final de Fontaine y su joven compañero corriendo hacia la niebla resulta tan turbadora como ilusionante.
Si hablábamos anteriormente de un primer episodio fallido, hay que decir con toda justicia que George Lucas recupera el pulso en esta película y nos hace volver a vivir parte de la magia de la anterior trilogía.
La película se abre en las calles de la capital de la República, una ciudad cuyo diseño debe mucho al Los Ángeles de "Blade Runner" (Ridley Scott, 1982): nos adentramos, durante la persecución, un ambiente auténticamente cosmopolita en un intento de mostrarnos, como en otras muchas escenas de la saga, un pequeño esbozo de lo que debería ser la convivencia entre razas y culturas que distan años luz unas de otras. No es que se trate de una reflexión filosófica ni nada por el estilo, pero la culminación de la persecución en el bar nocturno crea un ambiente perfecto en este sentido.
A partir de ahí, Obi Wan y Anakin, maestro y discípulo, van a separar sus caminos para volver a encontrarse en el climax final. Obi Wan va a dedicarse a investigar un extraño encargo secreto de la República con el que se pretende combatir a los separatitas: un ejército clon, germen del futuro ejército imperial, como todos sabemos. Anakin parte con la senadora Amidala en misión de escolta. Ni que decir tiene que vivirán un intenso romance durante el que pasearán incluso por la Plaza de España hispalense. Un trocito de Sevilla en la galaxia. El romance, aunque no desprenda demasiada química por parte de los protagonistas, tiene su morbo por la prohibición que al parecer tienen impuesta los jedis de enamorarse, como si fueran monjes guerreros.
El amor absoluto por una persona, al que Anakin supedita sus demás deberes y lealtades, va a ser paradójicamente, su primer paso hacia el lado oscuro, aunque en realidad esto no es más que la punta del iceberg: las circunstancias de la muerte de su madre y su salvaje reacción (que recuerda mucho a la del personaje de John Wayne en "Centauros del desierto" (John Ford, 1956) frente a los indios) y los acontencimientos que vivirá en la tercera película harán de él más una víctima que un verdugo a ojos del espectador.
Sé perfectamente que, aunque existe un consenso bastante amplio en considerar a la película anterior como la más floja de la saga, hay mucha polémica con ésta. Yo me alineo entre los que consideran que se trata de una estupenda cinta de aventuras, muy coherente con la historia que se está tratando de contar: la caída del protagonista y de la democrática República en la más absoluta oscuridad.