El determinismo es la teoría que dicta que todos los acontecimientos tienen un sentido secuencial, por lo que el futuro sería predecible contando con los instrumentos adecuados para ello. En sentido contrario, la teoría del azar o del caos postula que somos frutos de la mera casualidad y que es imposible encontrar un sentido a los acontecimientos que van sucediendo.
El protagonista de esta cinta es un hombre de ciencia que aboga por la primera postura. Perdió a su mujer en circunstancias dramáticas y vive con su hijo una existencia casi monacal. El descubrimiento en una cápsula del tiempo de medio siglo de antigüedad de un papel repleto de números que predecían catástrofes ya sucedidas y otras por suceder va a tener una terrorífica irrupción en su vida.
Con estas premisas Alex Proyas construye una película de planteamiento y desarrollo muy interesantes narrada con una perfecta dosificación de secuencias de intriga (la investigación de John Koestler, un hombre que a punto está de caer en los abismos de la locura al descubrir como sus ideas racionales se derrumban una tras otra) con otras verdaderamente estremecedoras, como la del accidente de avión, que juega con nuestros miedos más arraigados en esta sociedad tan dependiente de la tecnología y el cientificismo, que intenta dominar el gobierno del azar sobre el mundo y no siempre es capaz de ello.
Es a través de estas inevitables reflexiones acerca del significado, o de la falta de él, del lugar del hombre en el universo cuando la película de Proyas alcanza sus mejores logros. Las secuencias de exteriores, casi siempre adornadas por hojas que caen de los árboles son una perfecta metáfora de la caducidad de la madre tierra, que creemos eterna, pero que algún día dejará de existir, tal y como ocurrirá con nosotros mismos. Todos viviremos en algún momento nuestro pequeño apocalipsis, aunque no queremos creerlo ni pensar en ello.
Como suele suceder en este tipo de producciones, el final no cumple las expectativas de una historia interesante y reflexiva, pero en conjunto la historia se eleva bastante por encima de las historias sobre el fín del mundo que tanto proliferan por Hollywood en los últimos tiempos. Al menos en esta ocasión alguien ha escrito un guión medianamente decente.
Es quizá esta la película más representativa de uno de los cineastas más geniales de todos los tiempos. Primero porque, fiel a su estilo, a pesar de que el cine sonoro estaba ya más que consolidado en la época en que se rodó, Chaplin prefirió rodarla como una película muda concediendo, eso sí, que se escuchara una música coordinada con las acciones de los personajes y algunos efectos sonoros que reforzaran la comicidad de algunas escenas.
La preparación y el rodaje de esta obra llevaron casi tres años a su autor, lo que da idea del perfeccionismo de Charlot, que engendraba obras tan perfectas a base de no dejar ningún elemento a la improvisación y repetir las escenas cuantas veces hiciera falta. Sí que es cierto que no se llevó bien durante el rodaje con la protagonista, Virginia Cherrill, pero estas disensiones no se notan en pantalla y la química entre ellos es perfecta.
Hay que recordar que el estreno de "Luces de la ciudad" coincide con la fase más aguda de la gran depresión americana. El papel de Charlot, el eterno vagabundo, adquiere en esta ocasión una dimensión especial, cuando muchos estadounidenses que lo han perdido todo se han lanzado a las carreteras y caminos tratando de huir de la miseria. Las palabras que Charlot le dirige al suicida para que desista de su actitud son conmovedoras, y pueden ir dirigidas a todos los desesperados del mundo: "Mañana los pájaros volverán a cantar. Sea valiente, enfréntese a la vida".
La otra protagonista de la película es la gran ciudad. Aquella era una época de gran crecimiento en las grandes urbes y el cine lo reflejaba. La ciudad es otro personaje más, un personaje dinámico y sorprendente, capaz de poner a prueba al protagonista, de hacerle pasar de limpiador a boxeador en pocos minutos. Lo cierto es que uno de esos encuentros fortuitos que propicia la ciudad le hace enamorarse de una florista ciega. Charlot se sacrificará para salvarla, aunque ella no lo sepa, lo que da pie a una escena final verdaderamente sublime, plena de sensibilidad y sutileza. No sabemos lo que va a suceder después, pero el cine (y la vida) a veces nos regalan momentos imborrables, de los que quedan para siempre en el recuerdo.
Algunos creen que Hollywood comenzó a mostrar simpatía y acercamiento por el destino de los indios despojados de sus tierras a partir de "Bailando con lobos" (1990), de Kevin Costner, pero lo cierto es que ya en los años cincuenta algunos cineastas tomaban conciencia de que los ahora llamados "nativos americanos" vivieron una auténtica tragedia al ser expulsados violentamente de sus tierras por unos colonos que contaban con una tecnología muy superior.
A veces lo olvidamos, pero la democracia americana está fundada sobre el expansionismo violento a través de unos territorios que no eran suyos. La épica del oeste americano fue mucho más brutal de lo que nos muestran unos clásicos que quisieron idealizar estos episodios en forma de epopeya. Aldrich fue valiente y nos presentó la historia a los ojos de los vencidos. La imagen de los apaches derrotados llevados en tren por la fuerza a Florida para que languidezcan allí define muy bien los sentimientos de un pueblo que ha perdido el orgullo y la combatividad. Se trata de una deportación en toda regla.
La película cuenta la historia del último apache rebelde, Massai, que, ignorando la rendición de su jefe Jerónimo, organiza una última resistencia de un solo hombre, movido por su orgullo y una inquebrantable voluntad de oposición al hombre blanco, al que considera invasor ilegítimo de sus tierras. Un memorable Burt Lancaster proporciona una inusitada fuerza y vigor a su personaje.
A destacar la escena final, plena de tensión y con una resolución tan inesperada como devastadora para el protagonista.
Me gusta el clasicismo que Italo Calvino imprime a sus narraciones, aunque esa apreciación solo se adquiera con una lectura superficial. En realidad, el autor italiano nacido en Cuba sabe aunar realismo y fantasía de una manera magistral, haciendo coherentes los disparates de los que se sirve para concluir con una moraleja final, cuyo sentido deberá interpretar cada lector.
El vizconde Medardo de Terralba parte para la guerra como un soldado ingenuo que nunca ha visto un campo de batalla. Va a ser su auxiliar el que, a modo de guía de los infiernos, aclara a Medardo el sentido de los horrores que va encontrando conforme se aproxima al campamento cristiano. La descripción del caos y crueldad de la guerra es de un realismo apabullante y sin concesiones, cuyo punto culminante es la herida que recibe el protagonista, que queda literalmente partido en dos mitades.
La mitad derecha (la mala), va a volver a su lugar de origen para sembrar el terror entre sus habitantes, tanto por su aspecto como por sus acciones. Ejercerá un poder absoluto y corrupto que solo va a poder ser compensado con el regreso de su otra mitad, la izquierda, una figura mansa que ha heredado la ingenuidad del vizconde original, repleta de buenas intenciones, pero cuyas acciones se aproximan más a la beatería que al bien verdadero.
Lo que Calvino viene a decirnos es que no existen ni el bien ni el mal absolutos ni la posibilidad de ejercerlos sin causar transtornos a los semejantes. Es mejor que las acciones estén impulsadas por la inteligencia y el conocimiento que por los impulsos más primarios. La novela contiene también una interesante reflexión acerca del dualismo humano, no tanto inspirado en la idea de cuerpo y espíritu, como en buenas y malas intenciones. ¿Es recomendable una visión absolutista y sesgada de las cosas tal y como recomienda la parte mala de Medardo?:
"Ojalá se pudieran partir todas las cosas enteras (...) así cada uno podría salir de su obtusa e ignorante integridad. Estaba entero y todas las cosas eran para mí naturales y confusas, estúpidas como el aire; creía verlo todo y no veía más que la cáscara. Si alguna vez te conviertes en la mitad de tí mismo, muchacho, y te lo deseo, comprenderás cosas que escapan a la normal inteligencia de los cerebros enteros. Habrás perdido la mitad de tí y del mundo, pero la mitad que quede será más profunda y valiosa. Y también tú querrás que todo esté demediado y desgarrado a tu imagen, porque belleza y sabiduría y justicia existen solo en lo hecho a pedazos".
Una visión parecida a la que postulan los totalitarismos cuando promueven el llamado "hombre nuevo", un hombre demediado al extirparle la moral antigua y el sentimiento de piedad por los seres inferiores, un hombre con una visión del mundo clara y concisa, sin medias tintas, deseando destruir el mundo antiguo y crear uno nuevo que se asemeje a su idea de perfección.
Adaptar al cine a un escritor como Kafka no es tarea fácil, pues entrar en su universo solo es posible a través de la lectura detenida y casi hipnótica de sus escritos. Kafka no es por ello un escritor estravagante, sino un cronista de los miedos más profundos del ser humano, que tienen difícil plasmación cinematográfica. Existe una interesante versión de "El proceso" filmada por Orson Wells, pero yo no la he visto todavía.
Así pues, si existe un director idóneo para interpretar al escritor checo en la pantalla grande este no es otro que Michael Haneke, un cineasta empeñado en mostrarnos los comportamientos humanos más aberrantes y vergonzosos, en retratar nuestras zonas grises. Y el espectador se regodea en estas imágenes, quizá sin advertir del todo que el retratado es él mismo.
El actor Ulrich Mühe interpreta a K., un personaje difícil, de manera soberbia. Dibuja muy bien su inicial perplejidad y su lucha por la adaptación a un medio hostil. K. representa a todos aquellos que luchan por encontrar su lugar en el mundo sin encontrarlo nunca, enfrentado a un sistema burocrático incomprensible, repleto de pequeñas mezquindades destinadas a hacerlo incómodo e incomprensible, soporte principal de un sistema basado en la opresión y la irracionalidad.
Siempre es interesante, pero en esta ocasión resulta casi imprescindible haber leído el libro antes de embarcarse en la visión de esta película. La adaptación es muy fiel, Haneke no se ha permitido apenas libertades. Aun así, se trata de una película difícil de digerir si antes no se ha conseguido con la novela. Inviertan un poco de esfuerzo en su lectura y saldrán recompensados con la visión siniestra de Haneke.
Franz Kafka, el autor de las contradicciones, el escritor de vida anodina pero apasionante dejó inconcluso este manuscrito antes de morir, dejando encargado a su amigo Max Brod que lo destruyera junto con el resto de su obra inédita. Afortunadamente Brod no atendió el encargo y nos permitió disfrutar de esta novela oscura, difícil y genial, que apela a nuestros más profundos anhelos y terrores.
Todos tenemos dentro un poco de Kafka, aunque nunca sabremos sacarlo al exterior como él supo hacerlo. Yo también he pasado alguna noche en la Posada El Puente...
Aquí el enlace al artículo:
http://historialiteratura.suite101.net/article.cfm/el-castillo-de-franz-kafka
Hace poco, navegando distraidamente por internet, encontré este maravilloso corto que me dejó hipnotizado durante sus cinco minutos de duración. No soy muy aficionado a visionar cortos, pero en esta ocasión, por alguna razón, hice una excepción y descubrí algo especial.
La historia es muy simple, una atracción inmediata entre dos seres. Los efectos especiales puestos al servicio del romanticismo y de un hombre y una mujer que consiguen aislarse por unos instantes del resto del mundo.
Aquí el enlace para verlo:
http://www.youtube.com/watch?v=JVuUwvUUPro
La consumación del triunfo cinematográfico de Peter Jackson en su empeño por llevar a imágenes la trilogía de Tolkien culminó en esta premiadísima cinta, la más espectacular de las tres y donde el director pone toda la carne en el asador para, al igual que hizo el escritor en su día, rematar una historia tan compleja del modo más coherente.
Aquí ya conocemos de sobra a los personajes, sus pensamientos y motivaciones, cada cual ha acumulado amplias experiencias en las películas anteriores, pero la prueba final las va a superar a todas.
Si bien en las anteriores partes había un gran espacio para la reflexión, en ésta las continuas y espectaculares batallas dominan el conjunto, tanto que podrían llegar a agotar al espectador, que no sabe a veces donde posar su mirada ante tantas acciones decisivas narradas al mismo tiempo. No obstante, la grandiosidad de las escenas compensa su larga duración y la aventura en solitario de Frodo con su guía Gollum resulta el contrapunto perfecto a las grandes escenas de masas.
Precisamente Gollum protagoniza la que para mí es la mejor escena de la película y quizá de la trilogía. Es la que abre esta tercera parte, donde se nos muestra todavía con su aspecto hobbit, mucho tiempo antes de que sucedan estos hechos, en el momento en que encuentra el anillo en un desafortunado día de pesca y comete el asesinato que le va a convertir en un paria, como si llevara la marca de Caín.
Recomiendo fervientemente hacer lo mismo que yo y ver las tres películas seguidas (una cada día, que tampoco hay que abusar del sedentarismo) en sus versiones extendidas y disfrutarlas tal y como fueron concebidas: como una obra unitaria. Me hubiera gustado releer el libro antes, pero para eso sí que hace falta un tiempo del que ahora no dispongo.
Llega el turno de comentar la novela que estamos tratando este mes en el club de lectura de la Biblioteca Provincial. Ha dado para discutir como pocas y ha sido motivo de un interesante (y subido de tono en el mejor sentido de la palabra) intercambio epistolar entre algunos miembros del club. Yo hago desde aquí mi humilde aportación al debate:
http://novelaactual.suite101.net/article.cfm/chesil-beach-de-ian-mcewan
Ayer estuve viendo una película extraordinaria, un fruto más de la labor del gran director que es Polanski. Lástima que no haya podido ser en versión original para escuchar el perfecto inglés de Pierce Brosnan, un actor que, cuando quiere, es capaz de interpretaciones memorables. Yo lo defiendo como James Bond sobre todo por su actuación en "El mañana nunca muere", tal y como expliqué hace unos meses.
Lo interesante de la película es que podemos analizar la actitud del personaje de Adam Lang ante las gravísimas imputaciones que se le hacen y compararlas con la de los políticos españoles implicados en el caso Gürtel: todos se defienden con las mismas palabras y actitudes prepotentes, como si, al pedirles cuentas sobre sus actos, los periodistas les estuvieran ofendiendo. Aquí el comentario sobre la película:
http://estrenoscine.suite101.net/article.cfm/el-escritor-de-roman-polanski
Ahí lo tienen: la policía nacional y la municipal luchando codo con codo de manera heroica contra unos peligrosos subversivos que se oponen nada menos que a la sacrosanta voluntad de dos políticos tan honestos como Francisco Camps y Rita Barberá.
Lo cierto es que personalmente detecto una anomalía en esa foto. El tema de las competencias del Estado, Comunidades Autónomas, Municipios, Provincias u otros entes es complicado. Cualquier estudiante de derecho u opositor lo sabe de sobra. Pero siempre he tenido bastante claro que a la Policía Nacional la dirige el Gobierno Central. Y se supone que el Gobierno se opone al plan "urbanístico" orquestado por el PP valenciano. Pero ahí está, ayudando a desalojar a palos a los vecinos que molestan el trabajo de la excavadoras. Un misterio que espero que nos aclaren pronto.
Lo cierto es que parecía que lo único bueno de esta terrible crisis es que se iba a acabar, al menos de momento, con la especulación inmobiliaria. Pero parece que la rapacidad de algunos no tiene límites. No estamos hablando de un conjunto de casas en ruinas, sino de un barrio de gran tradición, protegido como bien de interés cultural, habitado por vecinos que han vivido allí toda la vida y no están dispuestos a dejar sus casas y afrontar una nueva vida con la miserable compensación que se les ofrece.
La operación suele ser siempre la misma: el ayuntamiento abandona un barrio, deja de prestar en él los servicios esenciales, deja que se convierta poco a poco en un foco de marginalidad y delincuencia y luego apela al buen sentido para derribarlo en nombre de la modernidad. Pero lo cierto es que en esta ocasión parece que no les ha salido bien la jugada: los vecinos, con una dignidad que ciertos políticos no han conocido en la vida, han salido a la calle a defender lo que es suyo y, en cierta medida, nos están defendiendo a todos, dando ejemplo de como se hace frente a unos canallas especuladores y poniendo en valor una arquitectura popular que cumplía una función estética muy agradable, aparte de servir de vivienda. Los edificios de hoy día suelen ser funcionales y dañinos a la vista.
En Málaga hemos conocido un par de casos similares al de El Cabanyal, solo que aquí ningún vecino se ha movilizado para defender el patrimonio. ¿Qué queda al final de todo esto? Pues una ciudad impersonal, sin señas de identidad que condena a la marginalidad a los vecinos que no pueden afrontar los escandalosos precios de la vivienda moderna.
Todo tiene que ver. Parece como sí, una vez que se ha hecho público el sumario del caso Gürtel, ante la catarata de pruebas que los involucran en esta apestosa trama, los políticos del PP solo supieran defenderse a través del ataque. Es como si Rita Barberá y Francisco Camps condujeran personalmente las excavadoras que penetran en el pasillo que va dejando libre la policía, tratando de hacer el mayor daño posible antes de su caída.
Tras el éxito que supuso la primera parte, donde salió airoso de su tarea de plasmar en imágenes el inicio de una historia compleja, Peter Jackson pudo respirar tranquilo. Las dos partes siguientes darían aún más dinero en taquilla y "El retorno del rey" arrasaría en la noche de los Oscars.
Aquí ya tenemos los elementos constituidos desde el comienzo: un grupo de seres heterogéneos, representantes de diferentes estratos de la Tierra Media con una misión: proteger el anillo, a su portador, no caer en sus tentaciones, para finalmente destruirlo en su lugar de origen: Mordor.
Por diversas circunstancias la Compañía del Anillo va a tener que dividirse, por lo esta película supone un reto para el director en el sentido de que tiene que contar varias historias al mismo tiempo, tratando de mantener el interés y la tensión en todas ellas. Lo cierto es que lo hace con maestría y las tres horas y media de metraje transcurren en un suspiro.
Pero la auténtica estrella de la película es Gollum. Gollum era un hobbit como Frodo o Sam, que fue seducido por el poder del anillo y lo tuvo en su poder durante largos años. En la aventura de Bilbo Bolson narrada en "El hobbit" le fue arrebatado por éste. Desde entonces Gollum vaga por los lugares más apartados de la Tierra Media deseando recuperar su "tesoro", corrompido en su aspecto y en su alma. Se trata de un personaje ambiguo y desconcertante. El villano de la función es Saurón, pero de éste no conocemos más que su absoluta maldad. Gollum es un personaje que puede resultar seductor, amenazante o lastimoso según le convenga. Aún le quedan retazos de su antigua condición, pero los utiliza más bien como cebo para el portador del anillo.
Ni que decir tiene que Gollum es una maravilla de la creación digital que captura los movimientos y expresiones faciales del actor Andy Serkis, que interpretará una breve escena en la tercera película haciendo de Sméagol, la personalidad de Gollum como hobbit.
Para mí esta segunda parte es la más equilibrada de las tres. La batalla del abismo de Helm resulta espectacular sin hacerse tan larga como las diferentes batallas de la tercera parte y el espectador puede palpar la tensión antes del combate casi como si lo fuera a vivir por sí mismo. Podemos así visionar en todo su esplendor las brutalidades de los orcos del ejército de Mordor, y también las de los defensores del abismo, aunque a éstas resulta más políticamente correcto llamarlas heroicidades.
Seguimos informando lo más puntualmente que podemos acerca de los clubes de lectura más importantes de la ciudad de Málaga.
Tras el parón de la Semana Santa, el club de lectura de la Biblioteca Provincial de Málaga se reanuda con una de las novelas que más tenía ganas de leer, dado que se unen en ella un excelente escritor como Ian McEwan con magníficas críticas, lo que hace de ella una de las narraciones más interesantes de las publicadas en los últimos tiempos: Chesil Beach. Fundamentalmente se trata de la historia de dos jóvenes recién casados que deben afrontar su primera noche de bodas sin experiencia previa en el sexo.
Cincoechegaray prosigue con sus dos clubes de lectura: por un lado, en el de literatura se leerá "Firmín", de Sam Savage, una novela divertidísima que yo pude disfrutar hace un par de años. Muy recomendable, pues destila un gran amor a la literatura. En el club dedicado al ensayo "¿Qué es la política?", de Hannah Arendt, la autora de "Eichmann en Jerusalén", que quizá hubiera resultado más interesante como lectura colectiva.
Y en el club de lectura de la Casa del Libro llega el turno de Italo Calvino nada menos, uno de mis autores favoritos, con uno de los libros que forman su trilogía "Nuestros antepasados": "El vizconde demediado".
Felices lecturas a todos.
Mañana marcho a Jerez, a pasar los días que restan de Semana Santa. Me entero leyendo el periódico que la Policía Local de esa ciudad está protestando contra el Ayuntamiento poniendo multas a lo loco. Parece ser que incluso están sancionando de manera totalmente arbitraria, sin infracción alguna por parte del conductor. Cuando éste expresa su legítima protesta, el policía le emplaza a reclamar a la alcaldesa.A mí una vez me sucedió un caso parecido, pero fue en Marruecos, un país al que por cierto cada vez nos vamos pareciendo más. La arbitrariedad en quien ejerce un poder público siempre ha existido de una manera u otra, es inevitable, pero lo que está sucediendo últimamente sobrepasa todos los límites de lo tolerable. En otras palabras: se están riendo en la cara de los ciudadanos y estos (nosotros) aceptan pasivamente su desgracia.
Todos los años por estas fechas los ciudadanos deben padecer la tradicional huelga de los pilotos o de los controladores aéreos, dos colectivos que cuentan con privilegios impensables para otros grupos de trabajadores tan importantes como ellos. Este año les ha tocado a los empleados de RENFE. En realidad en este país solo los trabajadores más privilegiados, entre los que se cuentan, por supuesto, los funcionarios, tienen derecho a la huelga, por muy reconocida que esté en la Constitución (papel mojado para muchos ciudadanos). En los distintos trabajos que he desempeñado en mi humilde vida laboral el ejercicio del derecho de huelga era algo tan impensable como quemarse a lo bonzo para reivindicar algo. Eso me convierte en un ciudadano de segunda que tiene que tragar con lo que le echen, mientras otros se dan el lujo de protestar hasta por la plaza de aparcamiento que se les asigna.
El ex presidente de las Islas Baleares cobra una "pensión" de cinco mil euros facilitada por el Partido Popular (hay que recordar aquí que los partidos, además de por sus militantes, son financiados por los impuestos de todos los ciudadanos y son entes insaciables) mientras realiza otros dos trabajos excelentemente retribuidos. En unas declaraciones que, a mi parecer, le inhabilitan para siempre para ejercer el puesto de presidente de la Junta de Andalucía o cualquier otro cargo público, por sinvergüenza, Javier Arenas justifica este sueldazo como una ayuda para alguien que se ha quedado en paro. Y es que los políticos parecen vivir en otro planeta, en una realidad alternativa mucho mejor que ésta, la que hemos de sufrir la mayoría.
Poco a poco las condiciones de vida se van deteriorando. Contra lo que nos dijeron, somos los trabajadores los que vamos a pagar la crisis a base de sufrimiento y privaciones. A la anunciada subida del IVA se une, por poner un ejemplo, la de la gasolina, que últimamente sube a razón de un céntimo cada dos días. Para mayor escarnio, hace ya tiempo que las estaciones de servicio suprimieron al trabajador que te servía la gasolina. Ahora es uno mismo el que debe mancharse las manos y cuidarse de que las últimas gotas de combustible no le manchen los zapatos.
Este es el país en el que vivimos. En todo caso, lo de mi ciudad es especial y sintomático. En una gran urbe, donde, entre otros muchos problemas, un tercio de la población engrosa las listas del paro, la principal preocupación de la semana ha sido la rotura del lujoso palio de una Virgen en medio de una procesión, cuyo coste seguramente daría para comer durante meses a varias familias. No pretendo ser demagogo, pero las cosas no pintan bien con este panorama.
Leí hace ya bastantes años la trilogía de Tolkien, precedida por "El hobbit". El escritor, tras vivir una experiencia traumática en la Primera Guerra Mundial, y posteriormente, algo aburrido de su vida académica como profesor de filología inglesa, se dedicó nada menos que a la tarea de crear un mundo totalmente nuevo.
Lo que hoy conocemos como Tierra Media supuso un lento proceso de elaboración, pues Tolkien no quería dejar nada a la improvisación. Quería suplir la falta de una auténtica tradición mitológica en Inglaterra, para lo cual debía dotar de autenticidad a su creación. Así dibujó una geografía de la Tierra Media, con sus regiones, sus montañas, sus ciudades y sus ríos. Imaginó distintas razas: los hombres, los elfos, los hobbits, los orcos... con sus respectivas lenguas inventadas por él mismo. Y, lo que es más asombroso, dotó a su mundo de una historia de milenios, con sus reyes, sus sagas y sus batallas. Es éste el secreto de que "El señor de los anillos" desprenda tanta autenticidad: se trata de una pequeña parte de una historia mucho más vasta y rica.
Con su proyecto de adaptación de la trilogía, Peter Jackson corría el riesgo de estrellarse. Ya hace treinta años se realizó una estimable película de dibujos animados, pero que quedaba muy por debajo de la obra literaria. Para salir airoso del reto, Jackson necesitaba dos cosas: dinero y talento. Y es que la obra de Tolkien no es precisamente de sencilla adaptación. Está llena de descripciones de gran diversidad de paisajes, personajes de toda índole y tramas complejas que deben ser explicadas al espectador para que entienda la historia. No se trata de una mera obra de fantasía, sino de una elaborada obra literaria que requiere una gran implicación en el lector para su pleno disfrute.
En esta primera película el director ha de presentar a sus personajes y situarnos en un determinado momento de la historia de la Tierra Media. Tras un intenso prólogo en el que se nos presenta al Señor Oscuro Saurón y una visita a la tierra de los hobbits, la historia comienza en serio y absorbe por completo al espectador. Como en la saga de "La guerra de las galaxias", se trata de una lucha definida entre el bien y el mal, con continuo peligro para los buenos de caer en el lado oscuro. Si en la de George Lucas tal caída estaba definida por el "lado oscuro de la fuerza", en la de Peter Jackson la corrupción del poder absoluto la representa el anillo que transporta Frodo, una carga pesada y tentadora para cualquiera, objeto de la codicia de más de un personaje.
A pesar de que no es la mejor de la trilogía "La comunidad del anillo" tiene la virtud de introducirnos sin problemas en un mundo con reglas nuevas, basado en nuestro medievo, pero en el que la magia y la fantasía tienen mucho que decir. Si hubiera que ponerle un pero sería la falta de química entre los personajes principales. Si bien los hobbits están bien interpretados y Viggo Mortensen compone un Aragorn digno y melancólico a la vez, no sucede lo mismo con el elfo de Orlando Bloom, pésimo en su actuación o con el enano de John Rhys Davies, un tanto sobreactuado. También sería criticable la representación del país de los elfos, presentados casi como unos pijos inmortales seguidores del new age. No es lo mismo en la Tierra Media nacer elfo que nacer troll.
En todo caso, un más que digno comienzo de la adaptación que la trilogía de Tolkien pedía a gritos desde hace tiempo. En las dos siguientes, la calidad mejorará mucho, sobre todo en la segunda.