lunes, 30 de noviembre de 2009

GOD & GUN. APUNTES DE POLEMOLOGÍA (2008), DE RAFAEL SÁNCHEZ FERLOSIO. LA INERCIA DE LA HISTORIA.


"También al contemplar la historia se puede tomar la felicidad como punto de vista; pero la historia no es un suelo en el que florezca la felicidad. Los tiempos felices son en ella páginas en blanco".

Hegel. Filosofía de la historia.

Rafael Sánchez Ferlosio es uno de los grandes lujos de nuestra literatura. Su obra más conocida es la novela "El Jarama", que él desprecia. Es en los ensayos polémicos (a veces tiene auténticas "peleas" argumentales con algunos de sus colegas en las páginas de algún periódico) donde se siente más a gusto. A pesar de no contar más que con el título de Bachiller, una vida de lecturas autodidactas le ha llevado a ser uno de los hombres más sabios y reflexivos de nuestro país. Sus opiniones nunca son complacientes, sino incómodas para el poder y para los usos comunes de los ciudadanos. Sus fuentes son inagotables: filósofos, historiadores, novelistas o antropólogos de todas las épocas, analizados y traídos a colación con precisión milimétrica con el fín de reforzar sus propios argumentos. Recientemente ha sido galardonado con el Premio Nacional de las Letras. Antes ya lo fue con el Cervantes.

"God & Gun" no es un libro complaciente con el lector. Pocas veces tenemos ocasión de acercarnos a ideas tan profundas y fundamentadas, por lo que en ocasiones el seguimiento de argumentaciones tan densas puede ser complicado y frustrante. Pero el esfuerzo merece la pena, pues Ferlosio es capaz nada menos que hacernos cambiar nuestra visión del mundo.

La actividad guerrera , presente desde siempre como una de las más antiguas tradiciones de la humanidad, constituye la espina dorsal del relato. Paradójicamente, el deseo de conquista y de dominio de unos pueblos sobre otros es un factor imprescindible en el contacto de culturas muy distantes. También lo es como nexo de unión entre los habitantes de un pueblo: nada une más que la conciencia de combatir contra un enemigo común. Como ejemplo más claro, y que a nosotros nos toca más de cerca, está el de los Estados Unidos, desorientados después de vencer en la guerra fría:

"El enemigo ideal de Estados Unidos tenía que ser ideológicamente hostil, racial y culturalmente diferente, y suficientemente fuerte a nivel militar para plantear una amenaza creíble a la seguridad estadounidense. Los debates sobre política exterior durante la década de 1990 giraron fundamentalmente en torno a dónde encontrar ese enemigo.

(...) lo que, en verdad, se demanda no es un ejército para un enemigo, sino un enemigo para un ejército, como muy bien lo explicaba Charles Krauthammer: "las naciones necesitan enemigos"; la caída de la Unión Soviética había dejado el lugar vacío correspondiente; era preciso cubrir esa vacante. Lo que se constataba era que toda "identidad" es antagónica, y la de la nación en grado más mortífero: la patria es hija de la guerra, se crece con ella, desmedra con la paz." (pag 270-271)

En este punto cabría decirle a los Estados Unidos aquello de "cuidado con lo que deseas...", porque el enemigo al que ahora se enfrenta es formidable, escurridizo y capaz de golpear en su propia casa. La llamada "guerra contra el terrorismo" constituye el último capítulo de apelación al patriotismo con el fín de que los ciudadanos secunden las decisiones de sus dirigentes sin apenas pensar en las consecuencias.

Estas reflexiónes estarían incompletas sin la mención de otro factor fundamental para que la fórmula funcione: la apelación a Dios. Si bien en la Antiguedad se invocaba a los dioses para que hicieran propicia la batalla, certificando con las victorias que unas divinidades eran más poderosas que otras, la fórmula israelí, la del pueblo elegido por el Dios único es la que mayor fortuna ha hecho en nuestros días. El presidente Bush ha sido un alumno aventajado de esta técnica y ha justificado sus desmanes en la apelación a un Dios que ha elegido al pueblo americano para establecer la justicia en el mundo. La invasión de Irak no fue decisión suya, sino una orden divina, según él mismo declaró. La irracionalidad, cuando no locura, de estos argumentos no parecen haber calado en gran parte del pueblo norteamericano, que más bien se unió a ellos con singular entusiasmo: la evocación de Dios y la patria en peligro ha sido de una efectividad abrumadora a lo largo de la historia. Los poderosos lo han tenido siempre así de sencillo para manipular a su antojo a las masas, siempre dispuestas a sacrificarse por un ideal vacío. Sin enemigo común no hay manipulación posible. Por eso la guerra siempre ha sido tan útil. No es preciso convencer con la inteligencia, sino a través de las premisas más básicas. Nada más manejable que un pueblo unido por la creencia de que ciertas victorias le dan "honra" y humillan al adversario:

"La Batalla de Lepanto no demostró sobre la calidad de religión del Cristianismo más de cuanto las cinco victorias de Indurain en el Tour de France hayan podido demostrar sobre la calidad bancaria de Banesto o la calidad como nación de España" (pag. 15).

Y es que resulta más sencillo para un Estado apelar al orgullo de ciertas victorias bélicas o deportivas que "unen" a la nación que trabajar por la felicidad de los súbditos o procurarles una instrucción que les haga críticos o independientes. Lo que viene a decir Ferlosio es que, en realidad, aunque tecnológicamente lo hayamos hecho, histórica y moralmente hemos avanzado muy poco:

"Lo que en la historia hace alegóricos los hechos mismos es el sistema de subrogación simbólica que tiene por paradigma y arquetipo la que rige en la batalla. La batalla (...) es la verdadera madre de los pueblos o patrias o naciones en cuanto a personajes de esa Alta Alegoría que se llama "historia"" (pag. 16).

3 comentarios:

  1. Miguel, espero verte esta noche en la charla de Javier Reverte sobre el reporterismo de viajes:

    http://www.agustinrivera.com/2009/12/javier-reverte-en-las-jornadas.html

    Un abrazo,

    Agustín

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  2. Habrá que leer más de este ensayo. en cualquier caso, hay antropólogos que piensan que el origen de la civilización es la unidad altruista de un grupo para enfrentarse a un grupo rival. Es decir, odio por fuera para que pueda haber amor por dentro.

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  3. Muchísimas gracias por la invitación, Agustín, pero me temo que no me va a ser posible asistir, y eso que considero a Javier Reverte un autor interesante. Otro abrazo para tí.

    Los estudios antropológicos en el sentido que mencionas, Francisco, están cargados de razón y el libro de Ferlosio es una corroboración de ello.

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